martes 24 de febrero de 2026

OPINIÓN

El Amo que no llega: Godot, obediencia y la hipnosis colectiva

(Entre Beckett, Milgram y la clínica del sujeto contemporáneo)
Imagen creada con Inteligencia Artificial.
Imagen creada con Inteligencia Artificial.

I. La espera sin fin

En Esperando a Godot, Samuel Beckett nos muestra a dos personajes —Vladimir y Estragón— anclados en la repetición, paralizados por una espera sin objeto preciso. Esperan a Godot, quien no llega nunca. No saben bien quién es, pero eso no importa: lo esencial es esperar. La espera se vuelve forma de vida, tiempo suspendido, garantía de sentido. En esa lógica, no hay acto, sólo inercia existencial.

Lo que Beckett dramatiza no es la tragedia del destino, sino el vacío que estructura a la subjetividad cuando el Otro falta, y sin embargo, sigue siendo creído. La esperanza, en este caso, no libera; más bien hipnotiza. El goce está en la repetición vacía, en la fidelidad sin fundamento. El sujeto no sabe a quién espera, pero espera como mandato, como forma de habitar el tiempo.

II. La obediencia sin sujeto

Décadas después, Stanley Milgram muestra en su célebre experimento que un sujeto común, ante la voz firme de una autoridad, puede aplicar castigos extremos a otro ser humano, simplemente porque se lo ordenan. Aún si duda, aún si sufre, obedece. Al hacerlo, se escinde subjetivamente: “yo sólo cumplía órdenes”, repite.

La figura de la autoridad —aunque absurda, invisible o incluso ridícula— produce efecto. El sujeto se des-responsabiliza. Actúa, pero no se reconoce en el acto. Aparece aquí una forma de vaciamiento subjetivo, similar al que propone Beckett: el Yo no es agente, sino títere de un Otro que no se encarna pero se impone.

El film "I comme Icare" pone en escena este experimento en el marco de una investigación política: una maquinaria del poder capaz de construir obediencias masivas con base en la ilusión de sentido, aunque dicho sentido esté fundado en el engaño, la repetición o la amenaza silenciosa.

III. La hipnosis colectiva y el Amo gozador

En tiempos de crisis, la voz del Amo retorna con fuerza. Promete seguridad, sentido, identidad. Su discurso no se sostiene en argumentos, sino en afectos, enemigos, certezas absolutas. El pueblo, como los personajes de Beckett, espera, hipnotizado por el espectáculo del poder, aunque ese poder goce sin límites y deje a su paso despojos simbólicos.

Cuando el Amo no llega, se lo justifica. Cuando cae, se lo niega. Y cuando destruye, se le disculpa. La masa no obedece por convicción, sino porque es más fácil obedecer que pensar. Lo que se posterga no es sólo la acción política, sino la posibilidad misma de asumir la propia responsabilidad subjetiva.

Desde la clínica, vemos este fenómeno en múltiples formas:
- Sujetos atrapados en relaciones estragantes, esperando un "cambio" que nunca llega.
- Jóvenes fascinados por influencers que dictan modos de gozar, consumir o vivir.
- Ciudadanos paralizados por la promesa de un líder que reencarne el Todo.

El exceso del Otro ocupa el lugar de la falta. Y así, sin falta, no hay deseo. Sólo obediencia, repetición y goce mortífero.

IV. Reconstruir tras la caída

¿Qué ocurre cuando finalmente se ve que Godot no vendrá? Cuando el pueblo despierta del hechizo, cuando el experimento de obediencia deja al desnudo la violencia que se avaló… ¿cómo volver a empezar?

La caída del Amo gozador deja un campo de ruinas simbólicas. La reconstrucción no puede ser desde la misma lógica de obediencia, sino desde un trabajo de duelo, de restitución del deseo, de elaboración de la culpa colectiva y singular.

Como en la clínica, el primer paso es dejar de esperar. No porque ya no haya Otro, sino porque el Otro no debe ocuparlo todo. No hay acto sin separación. No hay comunidad sin sujetos que dejen de obedecer para empezar a responder.

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