OPINIÓN
Deseo coartado, sadismo espectral y nostalgias autoritarias
En nuestra sociedad contemporánea, la sexualidad está lejos de ser un espacio liberado. Aunque vivimos en una era aparentemente abierta al deseo, lo cierto es que este se encuentra cada vez más regulado, administrado y desviado. Como anticiparon Freud y Foucault, el deseo no solo se reprime: se captura, se dirige, se transforma en herramienta de control.
El sadismo no desapareció con la civilización; se volvió fantasma. Ya no necesita látigos ni mazmorras: hoy habita el algoritmo, la cultura del castigo mediático, el goce en la humillación del otro. El sistema lo convierte en espectáculo, lo estetiza, lo vuelve tendencia. Y el sujeto —afanizado— pide más. Pide ver más dolor, más crueldad, más cuerpos rotos en nombre de la ley, del orden o del entretenimiento.
El nazismo fue quizás la forma más radical de esta lógica: un régimen donde el deseo de exterminar se convirtió en liturgia colectiva. Allí, el cuerpo fue despojado de todo significado simbólico. La vida reducida a carne. El deseo transformado en política de muerte.
Lo inquietante es que esos fantasmas no murieron. En tiempos de biocontrol higienista, meritocracia disciplinaria y vigilancia digital, asistimos a nuevas formas de sadismo espectral: se castiga al pobre, se patologiza la diferencia, se exigen cuerpos productivos y deseantes a la vez. El deseo sigue siendo un campo de batalla.
Frente a esto, nombrar el poder que actúa sobre el cuerpo y sobre el goce no es un ejercicio teórico: es un acto político. Porque donde se coarta el deseo, se cultiva el autoritarismo. Y porque cada vez que la crueldad se normaliza, el fascismo —ese viejo espectro— vuelve a tocar la puerta.