SIN FRONTERAS
Rodrigo Rodríguez, el bolivarense que se convirtió en maestro de un instrumento milenario, el shakuhachi
El shakuhachi es una flauta de mambú introducida desde China en el siglo VIII en Japón, fue desarrollada por monjes budistas del grupo Fuke que lo utilizaban como una forma de meditación sonora. Este instrumento es uno de los más influyentes en su país de origen, y tiene muchos cultores y adeptos a nivel internacional.
Uno de ellos es el bolivarense Rodrigo Rodríguez, consumado maestro del shakuhachi, que nos brinda su testimonio desde el otro lado del mundo: “Yo tendría diez, once años cuando tuve mi primer encuentro con el shakuhachi, recuerdo que una vez mi tío me dio unas cintas que contenían música oriental. En esos días leía mucho, siempre me interesó la historia, la arqueología, la antropología y luego me abrí a la filosofía, especialmente a la filosofía oriental.
Estaba interesado en las artes marciales, de niño lo practicaba, y también en la parte filosófica de Oriente. Recuerdo que mi tío me pasó unos libros de Tao, de budismo y también unas cintas dónde sonaba el shakuhachi, pero claro, en esa época yo no lo conocía, tampoco sabía diferenciar si venía de China o Japón, tenía un total desconocimiento de lo que era Oriente”.
Le pregunto si fue amor a primera vista y contesta: “No sé si llamarlo de esa manera, más que nada fue un encuentro y un interés muy profundo en el sonido, jamás había escuchado eso. Parecía que el sonido venía del alma, era algo muy cercano al espíritu, a la respiración, ese sonido con el aire. Fue realmente un encuentro marciano, fue tan exótico y desconocido, con esas frecuencias y esas sutilezas, que cambió mi vida.
Cambió mis hábitos porque este instrumento involucra mucho las partes mental y física, se usa la respiración y conlleva cierta dificultad para hacerlo sonar, no es una flauta común, como las que conocemos en occidente que tiene embocadura. Para tocar este instrumento tienes que ser un artista funcional, tienes que llevar una dieta y hacer ejercicio. Yo entreno mucho todos los días para tener la capacidad óptima para tocar el instrumento, y gracias al shakuhachi he cambiado rotundamente un montón de hábitos para bien”.
Rodrigo, que es hijo de Luis María Rodríguez, profesor de educación física y director técnico muy vinculado al ámbito deportivo de nuestra ciudad, habla pausado, de manera muy didáctica y con acento español (vivió mucho tiempo en Mallorca). Actualmente reside en Filipinas, es también compositor y productor, y posee una vasta obra musical en la que combina el shakuhachi con música electrónica.
“Las dos vertientes musicales invitan a la reflexión, a la meditación, a un sentimiento de existencia - dice Rodrigo -. La parte más purista y tradicional la sigo respetando, grabando y tocando en conciertos como solista; y luego está la parte moderna, de la que tengo muchos proyectos: estoy sacando mínimamente un single por mes de música chill out, ambient y future garaje. Es un género que siempre me ha gustado porque me crié en las Isla Baleares, en Mallorca, y una de las cunas del chill out nació en Ibiza y Mallorca”.
Nos cuenta que en su familia siempre estuvo presente la música. Su primer impacto sonoro lo recibió en Azul, en la quinta de sus abuelos: “Ellos tenían un pasacasete de esa época, yo jugaba allí cerca con mis juguetes, y aprendí a utilizarlo. Era bastante pequeño y recuerdo que había una cinta que me llamó mucho la atención, que justamente era el Bolero de Ravel, la obra clásica de Maurice Ravel. Quedé totalmente prendado y alucinado de cómo se desenvuelve esa obra porque tiene un desarrollo progresivo, fue mi primera revelación musical en mi vida, quedé tan alucinado que lo escuchaba, lo escuchaba y lo volvía a escuchar”.
Rodrigo partió de Bolívar a los cinco, seis años, por esos días escuchaba mucha música, y de diferentes géneros, desde lo más pop hasta música clásica. “Mercedes Sosa es una artista que me llegó mucho - dice -, e incluso hoy en día cuando la escucho me hace regresar a toda la parte nostálgica de Argentina”.
La decisión de hacerse músico le llegó tiempo después, entre los once y los quince años, y fue por momentos. “Muchas veces la vida y la sociedad no invita, ni tampoco lo pone muy fácil para que puedas desarrollarte como artista, siempre estaba el dilema que iba y venía: ¿qué me iba a pasar si me dedicaba a esto?, hasta que realmente se fue solidificando y terminé tomando una decisión culminante para dedicarme a la música”, manifiesta.
Con el Bolero de Ravel siempre presente, Rodrigo cimentó su formación escuchando artistas de diferentes vertientes: “Siempre tuve una inquietud con la música, no sólo con la que nos da el canal principal de la sociedad. Cuando entré en la adolescencia escuchaba mucha música independiente, música del comercio sumergido, por ejemplo: Brian Eno en los noventa. Mucha música me ha influido en mi trabajo: todos los compositores clásicos europeos, en gran parte de mi adolescencia me dediqué a estudiar guitarra clásica y los compositores clásicos para el instrumento han sido de una increíble influencia para mí”.
Rodrigo posee una frondosa obra disponible a descubrir. Su música es eminentemente instrumental e invita al disfrute y la contemplación. Ahí están disponibles los singles: If I Adore You (Ambient Future Garage & Shakuhachi) (2023), Deep Chill (Tell Me) (2022), y Heading Towards You (Ambient-Chillstep); también sus interpretaciones a dúo con el guitarrista Enrique Pastor: Eclipse, Adagio del Concierto de Aranjuez (Joaquín Rodrigo); o sus obras tradicionalistas con el shakuhachi como protagonista: A Winter Night (1995), los discos Blowing Zen - Shakuhachi Meditation Music (2021); y Zen (Shakuhachi, Koto, Guqin, Yanqin, Gayageum) (2022), y versiones del Ave María de Schubert (2025), Adagio in Mi Menor (2025) de Albinoni y ‘Gabriel’s Oboe’ (2026), de Ennio Morricone.
Agradecemos a César 'Gallego' Pérez, que fue quién nos habló de la existencia Rodrigo; y a Raúl Gutiérrez Prada, padrino de Rodrigo, que realizó los contactos para esta entrevista.