2025-10-12

SIN FRONTERAS

Una aproximación a la obra del cantor, guitarrista, compositor y docente Alejandro Ávila

En su casa se escuchaba mucha música, a su madre también le gustaba la poesía, leer y escribir; y su padre se deleitaba con las obras de Atahualpa Yupanqui, Carlos Di Fulvio, Eduardo Falú y Alfredo Zitarrosa.

Alejandro nació en Morón en el año 1974, tenía tres años cuando sus padres decidieron afincarse en Henderson, su padre había conseguido el puesto de encargado de la estancia La Estrella.

“Mi niñez estaba rodeada de la llanura pampeana, de lo que significa el campo para un niño y despertar al asombro: de la llanura, los animales, de andar a caballo, el pensar que la que la tierra es de uno, ¿no? Esa inmensidad de la llanura me llenó el corazón y los ojos se expandieron desde niño”, dice Alejandro.

En su casa se escuchaba mucha música, a su madre también le gustaba la poesía, leer y escribir; y su padre se deleitaba con las obras de Atahualpa Yupanqui, Carlos Di Fulvio, Eduardo Falú y Alfredo Zitarrosa.

 

 

“Mi padre tenía un peón llamado Adán Nievas, de él escuché la primera guitarra y mucha música. Adrián agarraba la guitarra y yo despertaba al asombro del sonido de su instrumento, me parecía una orquesta pequeña su guitarra, fue la primera vez que la escuchaba en vivo. Después entendí que sonaba como Paco de Lucía, de la manera de que tocaba, de forma autodidacta, tremendo”, cuenta Alejando.

Con Adán aprendió los primeros pasos musicales. Tiempo después, cuando tuvo dominio de su instrumento tocaba ‘De corrales a tranqueras’, milonga de Osiris Rodríguez Castillos, su madre grabó en un casete la milonga y la mandó a ‘Los elegidos por mí’, conducido por Luis Landriscina. A las dos semanas la familia escuchó a Landriscina presentando su grabación. “Fue determinante para un niño de diez años, se le abría una grieta a lo fantástico. Algo mágico para un niño que vivía en silencio, que todavía no se expresaba muy bien, que iba a la escuela del pueblo”.

 

 

El debut artístico de Alejandro fue a los doce, trece años en Tucumán. Allí vivía su hermana Sandra Karina, artista plástica. Y allí su padre y su tío le regalaron una guitarra Fernández. “Se hacía una fiesta muy popular en San Miguel de Tucumán, yo no recuerdo si fue en el cerro o en la Fiesta del queso, pero preguntamos a la organización si podía tocar y me aceptaron. Fue maravilloso, tal vez no tenía la conciencia de lo que era romper esa pared, estar delante de la gente, para mí fue inolvidable”.

En cuanto a los artistas que Alejandro encontró en su andar artístico, nos cita al ya nombrado Landriscina, también Argentino Luna, que lo llevó a los escenarios y a la televisión. Tuvo grandes encuentros con Eduardo Falú, Ariel Petrocelli, Atahualpa Yupanqui, Mario René Ponce, con Carlos Di Fulvio, a quién le dedico su chacarera, ‘Abuelas del campo mío’. “En lo de Mario René Ponce me encontré con la música del Payo Solá, aprendí la única chacarera que toca Eduardo Falú, ‘A puro bombo’, compuesta con René Ponce - cuenta Avila - . Jorge Milikota, compositor de Tamara Castro me llamaba para ofrecerme sus obras. Fui muy amigo de Julio Marbiz, yo vivía en Henderson y recuerdo que Julio me llamaba para ir a su programa, para mí era un honor”.

 

 

Promediando la década del 2010 Alejandro coincidió con el violinista Fernández Suárez Paz en una entrevista en Radio Del Plata, en un momento escuchó una música que le llamó la atención, era la agrupación del Chango Farías Gómez y La Manija, con Mono Izarrualde, aireando el folclore con nuevos arreglos y mixturando géneros musicales con batería, guitarra eléctrica y flautas. “Escuchar eso me reveló algo que a lo mejor tenía dormido, esto de la improvisación también, yo venía de cantar zambas como corresponde con sus introducciones, haciendo terceras, yo cantando arriba y me parecía que le faltaba algo, y era el vuelo de la improvisación, de tocar lo que uno siente en el momento, sin ensayarlo, de mirar a la cara a la gente y decir que no necesita que toque una milonga, sino algo más revelador, no solamente para la gente, sino para para mí también. Y el Mono me enseñó eso”, reconoce Ávila.

Alejandro y Mono Izarrualde formaron el trío Moebius, junto al “Tala” de Boedo, baterista de Manu Chao. “Cuando uno toca con un gran músico y además es una gran persona espiritualmente hablando, es como un acontecer, es maravilloso compartir la canción con gente hermosa y con amigos. Y esa fue la experiencia con el Mono”.

 

 

Otro de los perfiles interesantes de Alejandro es el de guitarrista instrumental, ha versionado clásicos de diferentes géneros en ese formato: ‘Layla’ (Eric Clapton), ‘Hotel California’ (Eagles), ‘Concierto de Aranjuez’ (Joaquín Rodrigo), ‘Walking Blues’ (Robert Johnson) y ‘Taquito militar’. “Yo no siento que sea un concertista de guitarra, estoy muy alejado de ello. Uno trae determinadas habilidades con la guitarra, y siento que toco con alma, no sé si como concertista, pero me acostumbré a escuchar a Adán Nievas, Paco de Lucía, Eduardo Falú, que tocaban con mucha fuerza la guitarra. Su sonido, cómo vibran las cuerdas, escuchar al mismo Atahualpa hacer un acorde. Todo eso lo aprendí de niño y quedó en mí. Después fui encontrándome con otra clase de guitarristas, Eric Clapton, Mark Knopfler, también Alfredo Zitarrosa, que les tengo admiración, aprendí mucho escuchando”.

 

 

Por último, describimos otra faceta de Alejandro, la de intérprete de cantautores, sus preferidos: Joaquín Sabina, Luis Eduardo Aute y Silvio Rodríguez. “Recuerdo que en el 82 me encontré con la canción de Joaquín Sabina, ‘Con la frente marchita’. Era un gallego, con una hermosa obra, y sonaba un bandoneón, y su poesía, cuando dice: No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca, jamás, sucedió”.

Con Luis Eduardo Aute, Alejandro comenzó a cartearse y el español le hizo la devolución de su disco, “Luthier de la esperanza” (2013), que contiene el tema del mismo nombre, escrito por el propio Ávila, dedicado a Aute.

Te puede interesar