OPINIÓN
Kicillof, un gestor con poca autoridad y riesgo de no llegar a puerto deseado
Si por algo la sociedad premia a los dirigentes politicos es por su poder de decisión, su eficiacia y autoridad al momento de gobernar. Esto ha quedado demostrado en los últimos años, pero con el efecto contrario: el país, la provincia de Buenos Aires e incluso muchos municipios pertenecientes a ella carecen de líderes con firmeza, capaces de ordenar no solo sus propias gestiones sino también a los actores que la integran.
Justamente lo que la sociedad acostumbraba a ver, gobernantes con firmeza, se acabó hace al menos diez años al compás de las turbulencias económicas que comenzaron sobre el final del gobierno de Cristina Kirchner y todavía no terminan, sino es que se profundizan.
No es casual que el presidente Javier Milei haya acumulado gran parte de su caudal político sosteniendo que Mauricio Macri, cercano en ideas, no haya podido realizar reformas estructurales debido a su inoperancia y blandeza frente a los reclamos de la oposición. Le pasó a Alberto Fernández cuando Cristina Kirchner le pedía que use la lapicera, y resta ver si le sucederá a Milei en el futuro.

Le tesis más validada es que Milei llegó al poder porque supo leer el desprestigio que la clase política se compró en la última década, junto con el descalabro económico que permitió que se genere o, en el mejor de los casos, no resolvió. Se reitera: resta ver si le sucederá a Milei en el futuro.
Un factor transversal de todos estos años es la incapacidad para gobernar demostrada por muchos dirigentes con responsabilidades superiores. Aquellos que pueden demostrar gestión, no pueden ordenar a sus propias tropas y garantizar cierta estabilidad política; y viceversa: caudillos o barones bien apalancados que no han mejorado la calidad de vida de la población que gobiernan.
Sobre ese riesgoso umbral transita el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, coyunturalmente acompañado por intendentes del interior que necesitan de su gestión y minigobernadores del conurbano interesados en sostener su poder territorial.
Si algo no se le puede reprochar al gobernador es la iniciativa al momento de mostrar gestión. Nobleza obliga, lo que se inicia debe ser terminado y en Bolívar hay varias cosas sin terminar, algunas llevan tres años de ejecución. No todo es de origen nacional.

Volviendo al tema de la autoridad: un gobernador aclamado por intendentes que no pudo garantizar la aprobación de un presupuesto, entre otras cosas, por previos desacuerdos dentro de su propio espacio político. Se ve que se necesita algo más que la condición puesta por su ministro de Gobierno a los legisladores para que voten "sin chistar" las iniciativas de Ejecutivo. A la luz de los acontecimientos, surge una pregunta: ¿Si fuera diputado o senador, Carlos Bianco hubiera votado "sin chistar" la Ley de Alcohol Cero al volante o habría tenido alguna objeción?
Kicillof es, al igual que lo fue Daniel Scioli, un candidato "natural" a la Presidencia una vez que culmine su segundo mandato como gobernador. Puede ser eso o nada. Pero a la vez, su futuro próximo está tan cantado que incluso en las fuerzas con las que comparte espacio político se duda si finalmente lo será, o si un cisne negro impedirá su candidatura.
Es una particularidad, sin ir más lejos, que aún llenando Bolívar de obras iniciadas ninguno de los dos principales dirigentes del peronismo estén alineados con su movimiento futurista. Como ha quedado demostrado, entre Cristina Kirchner, Sergio Massa y Kicillof, Eduardo Bucca y Marcos Pisano prefieren a los primeros.
La pregunta queda abierta: ¿Es Kicillof un dirigente capaz de expresar firmeza y autoridad, algo que la sociedad premiaría en el actual contexto de volatilidad económica y política, cuando entre las propias filas peronistas se resisten a afirmarlo como el próximo representante para la contienda electoral?