NUTRICIÓN
¿Influye el género en la alimentación?: qué nos imponen los valores socio-culturales
El modo en que nos alimentamos está determinado por múltiples factores, como profesional me gusta mucho introducir los talleres que doy con esta premisa en forma de pregunta: ¿qué factores determinan nuestra alimentación? Las respuestas suelen ser: economía, tiempo, estado de ánimo, habilidades culinarias, educación, clase social, cultura, condiciones de salud, artefactos de cocina disponibles, entre otros. Nunca nadie menciona el género, un gran determinante en nuestra forma de alimentarnos y de vivir.
Cuando hablamos de género, nos referimos a aquellos valores construidos socio-histórico-culturalmente que nos muestran lo que se espera de varones y mujeres. Este concepto fue introducido desde los ámbitos militantes feministas pero posteriormente adoptado en contextos académicos para analizar las desigualdades que atraviesan a ambos sexos, que hasta ese momento se justificaban desde la biología. Por esta razón, la distinción entre sexo y género fue utilizada como un instrumento válido para explicar la subordinación de las mujeres como algo construido socialmente, por ejemplo, en cuanto a la división del trabajo y la distribución de los recursos.
Para analizar cómo es que operan todos esos prejuicios y estereotipos en la sociedad, es que nace la perspectiva de género, un enfoque teórico que propone cuestionar aquellas “verdades absolutas” que nos han llevado a pensar a hombres y mujeres desde representaciones generalizadas según el sexo biológico. Por ejemplo, vemos como el estereotipo femenino está asociado a los cuidados, la emocionalidad, la fragilidad, la obediencia. Así, es que tener una mirada con perspectiva de género permite desnaturalizar y visibilizar las diferencias existentes, a fines de promover determinadas transformaciones y equidad.
Esta introducción busca que pueda entenderse mejor desde donde vienen los diferentes modos de alimentarnos y los riesgos para la salud o la vulnerabilidad a la que se exponen las mujeres o cuerpos feminizados.
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Vayamos a la infancia, momento donde se empiezan a naturalizar las expectativas de lo femenino y lo masculino. ¿Cuáles son los regalos que reciben los niños en relación a las niñas? Ya vemos que desde este momento se empieza a conformar el estereotipo de pensar a las mujeres como responsables de la crianza de sus hijos/as y del trabajo doméstico, porque se regalan bebés, cochecitos e instrumentos de cocina. En muchas sociedades observamos como las mujeres están a cargo de estas tareas (no remuneradas) sumado al trabajo formal, lo que corresponde a una doble carga laboral. Esto representa un desafío en cuanto a la nutrición y la salud de las mismas porque puede limitar el acceso a la educación, atención médica y a una alimentación adecuada, ya que puede llevarlas a priorizar las necesidades alimentarias de otros sobre las suyas. Sumado al estrés que ocasiona la doble carga laboral mencionada. Desde este punto, ya podemos ver como aparecen vulnerados varios de los determinantes de la alimentación que mencioné al principio: la educación, el tiempo, las condiciones de salud y el estado de ánimo.
Los estereotipos de género funcionan de modo tal en nuestra cotidianeidad, que identificar el mecanismo reproductor puede resultar muy difícil, un claro ejemplo son las publicidades que de forma muy sutil y sin que nos demos cuenta vienen a reforzar que las tareas de cuidado del hogar están a cargo de las mujeres, donde aparecen sonrientes, bellas y delgadas limpiando su cocina, pero de repente viene un super músculos a rescatarla, y en un abrir y cerrar de ojos le resuelve todo el trabajo. Y acá es donde también se puede evidenciar el modelo masculino a perseguir: el hombre alto, musculoso, fuerte, resolutivo.
Porque claro, los estereotipos de género influyen también en la percepción del cuerpo y por lo tanto en la alimentación. Por eso quiero traer otra problemática que gira en torno a la hegemonía y los mandatos de belleza, es decir, aquello que es aceptado y deseado por toda la sociedad, la cual recae en hombres y mujeres y determina sus elecciones alimentarias, ya que los primeros suelen preferir productos de origen animal y lácteos, asociados a la ganancia de músculo, mientras que las mujeres suelen preferir más verduras, frutas y menos cereales refinados, ya que buscan bajar peso.
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Quiero enfatizar en lo que sucede principalmente con las mujeres, ya que son quienes están más expuestas a las presiones, mandatos y exigencias, lo que puede devenir en dietas restrictivas, trastornos alimentarios, problemas de relacionados a la autoestima y la salud mental. La presión que ejerce la sociedad y muchas veces la propia familia, ha hecho que se empiece a hacer dieta desde muy temprana edad. Un estudio realizado en niños y niñas de 9 años mostró que el deseo de tener un cuerpo más delgado se daba en ambos sexos y en todos los niveles de peso. En relación a las niñas, el 41% de las que tenían entre 7 y 9 años deseaban adelgazar y con el paso del tiempo esta tendencia se acentuaba, ascendiendo al 55% en niñas de 7 a 12 años y hasta el 80% en la adolescencia.
Este deseo por tener un cuerpo más delgado no solo se observa de manera más pronunciada en mujeres cis-género, sino también en mujeres trans y varones homosexuales y bisexuales. Observamos entonces que la alimentación es un hecho que va más allá de lo biológico y se tiñe de aspectos del orden social, cultural, psicológico e histórico, y que tiene una gran relación con los estereotipos de género y la belleza hegemónica del momento, por lo que se dice que es una construcción social.
Me despido con la siguiente frase: “Si la belleza es una construcción social, entonces la podemos deconstruir y armar de nuevo: una belleza que emerja de una sociedad que no discrimine, que valore lo diverso, la salud y el bienestar, que promueva la soberanía desde el primer territorio, que es el propio cuerpo y que nos libere de las preocupaciones por alcanzar un modelo imposible y opuesto a la posibilidad de gozar de buena salud”.