2025-09-28

OPINIÓN

La crueldad como máscara de la virilidad: homosexualidad no asumida, superyó y política de la masculinidad

"Lo que se reprime en lo íntimo retorna en lo social bajo la forma de mandato cruel", reflexiona Adriana Macchia.

La clínica psicoanalítica muestra que ningún síntoma es meramente individual: lo que aparece en la consulta está tejido por el lenguaje, las representaciones sociales y los mandatos culturales. La homosexualidad no asumida, lejos de ser un asunto “privado”, se enmarca en un sistema de significaciones donde lo masculino se asocia con la fuerza y la dureza, mientras que la fragilidad o la ternura se leen como “debilidad”. Este dispositivo simbólico convierte el conflicto íntimo en un drama político. 

La formación reactiva: sobreactuar lo contrario

Freud nombró formación reactiva a esa defensa psíquica que lleva al sujeto a exagerar lo opuesto a lo que teme reconocer en sí mismo. En el caso de una homosexualidad reprimida, el sujeto puede sobreactuar virilidad, valentía o crueldad, no porque eso exprese su esencia, sino porque intenta negar la verdad de su deseo. Lacan, por su parte, mostró que el sujeto siempre actúa frente a un Otro: no basta con engañarse a sí mismo, hay que demostrar algo a los demás. El acting out de dureza busca convencer a ese Otro social de que no hay debilidad,
de que “no hay flojera”.

El superyó viril: un mandato cultural

El superyó no sólo habla en la intimidad psíquica, también es la voz del orden social que dicta normas. En contextos patriarcales, esa voz dice: “Si no eres fuerte, serás excluido”. Así, el superyó se alía con el estigma social para generar un imperativo cruel: la violencia como prueba de hombría. En esta lógica, el sufrimiento íntimo se transforma en política de la crueldad: se fabrica un sujeto que agrede para defenderse de sí mismo, y al hacerlo refuerza el sistema que lo
oprime.

El espejo de la homofobia interiorizada

No es casual que muchos de los gestos crueles de quienes no asumen su deseo se dirijan contra los homosexuales visibles o contra las mujeres, es decir, contra aquello que espeja la fragilidad que temen. La crueldad, entonces, no es sólo una máscara: es un espejo roto que devuelve al sujeto la imagen de lo que no soporta en sí, obligándolo a atacar. Esta dinámica reproduce la violencia homofóbica como un círculo vicioso: el rechazo íntimo alimenta la discriminación social, y esta discriminación refuerza el rechazo íntimo.

Política de la masculinidad y sufrimiento colectivo

Cuando lo cruel se instala como norma viril, ya no hablamos de un problema clínico aislado, sino de una política de la masculinidad. El Estado, la escuela, los medios y la familia repiten el mismo guion: el hombre debe ser duro, implacable, capaz de imponerse. Lo clínico revela la angustia de quienes quedan atrapados en esta maquinaria; lo político exige cuestionar el dispositivo cultural que produce sujetos violentos para sostener la ficción de la virilidad.

Conclusión: desmontar la máscara

La paradoja es clara: quienes más crueles parecen suelen ser los más aterrados frente a su propio deseo. La clínica nos invita a escuchar ese sufrimiento sin moralizarlo, mientras que lo político nos obliga a señalar la violencia estructural que lo alimenta. Si la crueldad es una máscara, la tarea colectiva es desmontarla, desarmar el mandato de virilidad que convierte la fragilidad en estigma y que multiplica el dolor subjetivo y social. Solo así es posible abrir la puerta a una masculinidad menos cruel y más humana.

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