OPINIÓN
La conciencia del mal: pensar, sentir y actuar en tiempos difíciles
Hablar del mal no es sencillo. A menudo lo asociamos con crímenes, guerras o actos atroces, pero pocas veces lo pensamos en términos cotidianos: en nuestras decisiones, silencios o indiferencias. ¿Cómo se forma nuestra conciencia frente al mal? ¿Somos capaces de reconocerlo siempre? Este texto invita a reflexionar sobre la responsabilidad que tenemos como personas —y especialmente como educadores— en el reconocimiento y la prevención del mal en nuestras prácticas, entornos y sociedades.
La conciencia del mal nace de nuestra conciencia moral, esa capacidad que todos tenemos para distinguir lo justo de lo injusto, lo correcto de lo dañino. No es una brújula que viene afinada de fábrica: se forma con el tiempo, con el diálogo, con la experiencia y sobre todo con la empatía. Y si bien cada cultura y época definen de forma distinta lo que es “el mal”, hay ciertos valores humanos universales que nos ayudan a orientarnos: el respeto, la dignidad, la vida.
Filósofos como San Agustín entendían el mal como la ausencia del bien, una especie de vacío que se produce cuando dejamos de actuar éticamente. Immanuel Kant hablaba del mal radical, una inclinación a poner nuestros intereses por encima de lo moral. Pero quizás uno de los conceptos más inquietantes sea el de “mal banal”, propuesto por Hannah Arendt: personas comunes que, sin maldad consciente, cometen actos terribles simplemente por no pensar, por seguir órdenes, por no cuestionar.
Este último punto es especialmente importante para quienes trabajamos en la educación. Porque el mal no siempre aparece con violencia explícita: a veces se instala con el silencio, con la indiferencia, con la repetición de normas injustas o la negación de la mirada crítica. La escuela es un espacio donde se puede cultivar el pensamiento libre o sofocarlo. Y donde la empatía puede crecer o marchitarse.
Para tener conciencia del mal es fundamental reconocer al otro como igual en dignidad. Cuando deshumanizamos —cuando etiquetamos, discriminamos, o excluimos— nos volvemos ciegos frente al sufrimiento ajeno. Por eso la empatía no es una debilidad emocional, sino una herramienta ética poderosa. Educar en la empatía, en la reflexión y en la duda es formar ciudadanos conscientes, no súbditos obedientes.
Además, debemos recordar que el silencio también comunica. No tomar partido frente a situaciones injustas puede significar, sin quererlo, convertirse en cómplice. Como decía Elie Wiesel: “Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia.” Tener conciencia del mal implica también estar dispuestos a actuar, a hablar, a no dejar pasar lo que está mal.
En definitiva, formar la conciencia del mal es una tarea que no se agota nunca. Como docentes, tenemos una oportunidad única: ayudar a nuestras y nuestros estudiantes a pensar con libertad, a sentir con profundidad y a actuar con responsabilidad. Porque solo con esa conciencia activa y ética podremos enfrentar el mal en todas sus formas, y construir juntos una sociedad más justa y humana.