OPINIÓN
Voyeurismo, política y espectáculo: el sujeto atrapado en la escena del goce
En el cine clásico, Freud y Lacan nos enseñan que no se trata sólo de ver una imagen: se trata de ver sin ser visto. El placer escópico no es solo visual, es estructural: el sujeto desea ver aquello que no debería ver, lo que está prohibido, velado. El cine organiza esa escena, permitiendo al espectador colocarse en una posición voyerista, sin riesgo, protegido en la oscuridad, mientras lo prohibido se despliega en pantalla.
Si trasladamos esto al campo de la política espectáculo contemporánea, especialmente en figuras que performan desde el exceso (stand-up, sarcasmo, sadismo verbal, crueldad explícita), vemos cómo se produce un nuevo tipo de relación con el público. No hay más división entre escena pública y pudor institucional: lo que antes debía ser reprimido o al menos disimulado —el goce del poder, el desprecio al otro, el odio, la impunidad— ahora se exhibe como parte de una rutina.
Este líder no gobierna: actúa. Su discurso no ordena: genera audiencia. Y esa audiencia se parece mucho al sujeto voyerista: mira con fascinación, espera la próxima escena obscena, quiere "ver más". La violencia política se convierte así en objeto de consumo.
Desde Lacan, podemos leer esto como una lógica del goce del Otro: el espectador queda capturado no por la verdad o el proyecto político, sino por el goce obsceno que se despliega en escena. Y cuanto más se avanza en la desmesura, más se desactiva el juicio crítico: el sujeto queda afanizado, es decir, afectado en su capacidad de simbolizar.
No hay indignación, sino risa o morbo. No hay debate, sino captura imaginaria. El sujeto deviene espectador del crimen como goce, en una estructura donde el sujeto del inconsciente queda suspendido: no hay represión que lo ubique, ni ley que estructure el deseo.
La política como stand-up así desactiva el síntoma político, que debería ser el lugar de conflicto, de antagonismo simbólico. En cambio, se reemplaza por un circuito de goce que cada vez necesita más intensidad para sostenerse. Y ese circuito no se detiene hasta que lo real del crimen, la violencia o la deshumanización ya no pueden ser negados. Pero para entonces, el lazo social ya está corroído.
Esta lógica es particularmente visible en contextos donde el discurso político ha sido desplazado por la imagen y el efecto viral. La política performática se alimenta del escándalo, el grito, la humillación pública, y los medios actúan como multiplicadores de goce. No hay mediación simbólica que frene esta deriva. Las redes sociales refuerzan la posición del espectador-voyeur, que no solo mira: comparte, comenta, exige más. La pulsión escópica se transforma en algoritmo. Lo más visto es lo más cruel.
Argentina, como otros países atravesados por crisis institucionales y descreimiento democrático, ofrece un terreno fértil para estas formas de goce político. El líder irreverente, desbordado, insultante, no es rechazado: es aplaudido. Porque muestra sin vergüenza lo que otros apenas insinúan. Y en ese acto de exposición, la violencia deja de ser un medio y se convierte en fin.
Freud ya advertía que el voyeurismo está vinculado a una posición infantil del deseo: la fascinación por "ver" lo que no se debe ver, especialmente lo sexual, lo prohibido, lo traumático. Lacan retoma esta idea, y la vincula con la pulsión escópica y el lugar del objeto a como causa del deseo. El goce del Otro que se expone en escena provoca en el sujeto una mezcla de fascinación, repulsión y captura. Una escena que ya no se puede dejar de mirar, incluso si hiere.
El riesgo político de esta lógica no es menor. Porque cuando el crimen se vuelve espectáculo, la justicia se vuelve irrelevante. Cuando el insulto se vuelve rutina, el lazo social se degrada. Y cuando el deseo del sujeto queda subordinado al goce obsceno del Otro, el sujeto mismo pierde consistencia simbólica. Queda atrapado en una escena sin salida.
El desafío, entonces, es volver a producir condiciones de deseo que no estén capturadas por la fascinación voyerista. Recuperar el espacio del conflicto simbólico, del debate, de la mediación. Y resistir la tentación de gozar con aquello.