miércoles 29 de julio de 2026

OPINIÓN

Un problema social

Los recientes envenenamientos de perros en Bolívar obligan a tomar en serio la responsabilidad de la ciudadanía. La castración masiva y la supervisión de los animales por parte de sus dueños, se vuelve fundamental para evitar que la situación siga escalando.
"Los negritos" de la plaza de la Escuela Nº 6.
"Los negritos" de la plaza de la Escuela Nº 6.

El envenenamiento de perros con dueños fue la gota que rebalsó el vaso y desencadenó en una movilizacion de más de un centenar de personas en Bolívar. Pero estos episodios no son aislados, sino que forman parte de un problema social que el distrito arrastra desde hace tiempo y que se replica, en mayor o menor medida, en otras ciudades de la región.

Este medio ha dado cuenta de envenenamientos de perros seguidos de muertes a lo largo del 2026. A veces por advertencia de la ONG Sapaab y otras por el testimonio directo de vecinos damnificados. La cifra, según los voluntarios de la institución, superó hasta el momento los 60 animales.

Las hipótesis ciudadanas son de las más variadas y van desde señalamientos a vecinos, empleados municipales y hasta al propio jefe del gobierno municipal, como quien da una orden para sacarse un problema de encima. Si esto fuera así, el resultado viene siendo el contrario.

Este cronista prefiere hacer foco en la primera: ¿Y si son vecinos, quizás "hartos" de que un o unos perros hagan caca en su cantero o que le rompan las plantas de la vereda? ¿Si uno envenenó una vez, otro lo siguió y al ver que no pasaba nada otros se envalentonaron?

Tomando esta hipótesis se puede poner sobre el paño un problema con múltiples aristas que involucra a la sociedad en su conjunto. 

 

1) Los callejeros

Los perros "de la calle", también llamados "comunitarios", habitan esquinas y plazas, alimentados por vecinos de buen corazón (para otros vecinos, los que dan de comer son de buen corazón pero cuando algo malo pasa "no se hacen cargo". Solución: que los adopten o que no les den de comer). Muchos de estos perros ocasionan cada tanto accidentes de tránsito, cuando no muerden a un ciclista. Por estos días hay un joven que lucha por su vida debido a un grave siniestro en motocicleta que involucró a un perro.

En la ciudad de Bolívar hay muchos en esta condición de abandono. ¿Cómo puede alguien osar de decir la burrada de que Sapaab "no se hace cargo"? Primero, es una ONG, con voluntarios, no es el Estado. Segundo, el refugio está en su capacidad máxima con 200 animales. Sobrepoblar ese espacio iría en contra de la misión protectora de la organización.

Los voluntarios se toman la misión tan en serio que cuando encuentran un animal suelto, sin dueño, se fijan si está castrado. Si no lo está, al quirófano. Cuentan desde la organización que suelen recibir amenazas cuando aparece ese dueño ligth que se enteró que le habían castrado al animal sin su consentimiento. De no creer.

 
 
 
 
 
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2) Los con hogar

En ciudades del interior bonaerense, donde las poblaciones suelen no superar los 30 mil habitantes, es habitual "abrirle a los perros" para que salgan a gastar energía alrededor de la manzana. Es cierto: no hay nada más lindo que dejar a una mascota jugar libremente con otros perros. Ahora, ¿cuando hace caca en cantero o vereda ajenos, el dueño la levanta? ¿Si rompe una bolsa de basura, la limpia?

Estas tareas deben formar parte de la rutina de quienes tienen mascotas y "las largan" solas -"total vuelven" dixit-, principalmente porque hace a la buena convivencia. Las mascotas deben salir con sus dueños, idealmente con correa, y volver al hogar de la misma forma.

En ciudades que multiplican ampliamente la población de Bolívar estos problemas no existen. Allí los perros viven en espacios reducidos, sus dueños los sacan a pasear con correa por el riesgo que corren en la vía pública, juntan lo que tienen que juntar (suele haber, en plazas y boulevares, estructuras con bolsas de residuos) y vuelven a casa. Los "callejeros" difícilmente sobreviven.

 

Nada justifica la crueldad que en los últimos meses ha mostrado su peor rostro. Lamentablemente, ante la imposibilidad de medidas ejemplificadoras -por estas horas, el problema es que no se encuentran imágenes de cámaras de seguridad que logren identificar a algún sospechoso- es la responsabilidad social de quienes tienen mascotas la única que puede evitar más envenenamientos.

Castrar, castrar y castrar

Desde Sapaab han deslizado que hasta personas bien instruídas se niegan a castrar a su mascota. Nadie las obliga, claro, pero lo cierto es que en el 99% de los casos se desprenden de las crías y no siempre esos cachorros caen en las manos más responsables.

Los cachorros son tan tiernos que cualquiera quiere tener uno. El problema es cuando crece, empieza a romper algún que otro almohadón, los pozos en el patio son rutinarios y alimentarlos se vuelve una misión imposible, sobre todo en tiempos de crisis económica en los que se termina eligiendo quién se alimenta, si el dueño o el perro. Ahí aparece el latiguillo: "No lo puedo tener". Se pide hogar de tránsito, no aparece nadie que lo quiera y el destino es inevitablemente la calle.

Hay un Estado que promueve la castración masiva y garantiza su gratuidad. El sistema está a disposición de los vecinos, ¿por qué cuesta tanto castrar?

Que haya perros en las calles, sin dueño/s; y que los haya con dueños pero sin supervisión, es un problema social. Si bien el Estado municipal cedió recientemente el predio a Sapaab y hace algunos años ejecutó una obra de ampliación del refugio, es la comunidad la que debe tomar conciencia de lo que significa tener una mascota con una probabilidad de vida mayor a diez años.

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