2025-11-02

OPINIÓN

Narcisismo político y vacío de ideales: entre la ambición degradada y la funcionalidad del yo

Escribe: Adriana Macchia.

En la escena política contemporánea asistimos a un fenómeno inquietante: la ambición sin
sueños colectivos, el narcisismo sin ideales que lo sostengan. Lo que se impone es la figura
de un yo defectuoso y demandante, celebrado y sostenido por una matriz social que premia
la visibilidad por encima de la verdad, el espectáculo por encima de la construcción.

Freud, en Introducción del narcisismo (1914), señaló que el yo se constituye en una
investidura libidinal originaria que luego puede dirigirse al objeto. Sin embargo, cuando el
narcisismo retorna hipertrofiado, el sujeto queda capturado en la demanda de
reconocimiento: “El sujeto se ama a sí mismo con la intensidad con la que amó al objeto”
(Obras Completas, XIV).

Lacan, en sus Escritos, advierte que el yo pertenece al registro imaginario: es efecto de la
captura especular, una imagen que promete unidad pero oculta la división subjetiva. De allí
que lo político, cuando se sostiene en este registro, quede reducido a un juego de espejos, a
una lucha de imágenes que simulan consistencia.

La ambición, cuando se liga a un ideal, puede operar como motor de la historia. Pero
desligada de lo simbólico, se vuelve pura hybris: exceso desmesurado, voluntad de goce.
Como en Macbeth, donde la profecía y la presión de Lady Macbeth desatan una carrera
homicida sin retorno. O como Nerón, que según Tácito cantaba mientras Roma ardía,
símbolo de una ambición que confunde gloria con espectáculo.

En estos casos, la ambición deja de ser proyecto para convertirse en consumo de poder: “El
poder, por el poder mismo”, una fórmula que recuerda la pulsión de muerte freudiana, la
tendencia al más allá del principio del placer (Más allá del principio del placer, 1920).

No es solo el líder el que se vuelve narcisista; es una matriz social la que lo sostiene. Guy
Debord, en La sociedad del espectáculo (1967), señaló que lo real se ha convertido en
representación: “Lo que aparece es bueno; lo que es bueno aparece”. Byung-Chul Han, en
Psicopolítica (2014), dirá que la lógica neoliberal produce sujetos que se explotan a sí
mismos en busca de reconocimiento.

En este marco, el líder narcisista no se sostiene por sus actos, sino por la visibilidad que el
pueblo le otorga. El yo defectuoso es aplaudido porque la sociedad necesita espejos donde
reconocerse.

Clínicamente, esto produce sujetos atrapados en un circuito de goce sin mediación
simbólica. La fragilidad del yo se sostiene en la mirada del otro, y el otro deviene cómplice
más que límite.

Políticamente, el riesgo es el estrago colectivo: la comunidad queda hipnotizada por un Amo
gozador que promete satisfacción inmediata, pero erosiona el tejido simbólico. Hannah
Arendt, en La condición humana (1958), advertía que cuando la acción política se
desconecta del espacio común, se degrada en violencia y espectáculo.

La única salida no puede ser la nostalgia de los viejos ideales, sino la capacidad de reabrir
un horizonte simbólico que sostenga lo común. Esto implica reinstalar la ética y la
responsabilidad como contrapeso al narcisismo político. Como escribió Viktor Frankl en El
hombre en busca de sentido (1946), “quien tiene un porqué para vivir, soporta casi
cualquier cómo”. La política necesita ese por qué compartido para no quedar reducida al eco
vacío del yo.

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