OPINIÓN
Nihilismo de época y banalidad del mal: des responsabilidades subjetivas y políticas
“Lo terrible no es el monstruo, sino el funcionario obediente.” —H. Arendt
“Aun en el sufrimiento extremo, el hombre conserva la libertad de elegir una actitud.” —V. Frankl
1. El Holocausto como síntoma
El siglo XX nos dejó la marca indeleble del Holocausto como trauma de la humanidad.
No se trató solo de un exterminio masivo, sino de un experimento radical sobre los límites de la responsabilidad y el sentido. Allí donde la ley se convirtió en crimen, y la política en maquinaria, se puso a prueba la posibilidad misma del juicio y de la libertad.
2. Hannah Arendt: la banalidad del mal
En su célebre informe sobre el juicio a Eichmann, Hannah Arendt descubre que los grandes crímenes no nacen necesariamente de una voluntad monstruosa, sino de la obediencia burocrática y la falta de pensamiento crítico.
La banalidad del mal no es banalidad del crimen —que es atroz— sino la banalidad del sujeto que lo ejecuta sin interrogarse.
El nazismo logró, así, diluir la responsabilidad política individual, transformando la culpa en una abstracción: si “todos son culpables”, nadie responde realmente. El vacío del juicio moral dejó espacio a la obediencia ciega.
3. Viktor Frankl: nihilismo de época
Desde la experiencia vivida en los campos de concentración, Viktor Frankl advirtió otra dimensión: la del nihilismo de época.
El siglo XX, decía, padecía una crisis de sentido que preparó el terreno para la obediencia y la despersonalización.
En el vacío de valores, el sujeto podía convertirse en engranaje de una maquinaria sin horizonte.
Su propuesta, la logoterapia, partía de una convicción radical: incluso en las condiciones más extremas, el ser humano conserva la libertad de elegir una actitud. Allí donde se intentaba aniquilar toda subjetividad, Frankl reivindicaba la responsabilidad última de responder con sentido.
4. El punto de cruce: desresponsabilización política
El diálogo entre Arendt y Frankl ilumina un mismo núcleo: el Holocausto fue posible porque el pensar y el sentido fueron suspendidos.
- Arendt denuncia la desresponsabilización política de quienes, obedeciendo órdenes, se vaciaron de juicio.
- Frankl muestra cómo la pérdida de sentido y el nihilismo de época dejaron al sujeto inerme frente al poder.
Ambos coinciden en que el desafío ético es restituir la capacidad de juicio y de responsabilidad, aun contra toda presión colectiva.
5. Resonancias en el presente
Hoy, en un mundo marcado por la medicalización de la vida, la fascinación por líderes autoritarios y la entropía social creciente, las intuiciones de Arendt y Frankl son cruciales:
- La política corre el riesgo de reducirse a administración técnica o espectáculo, sin sujeto responsable.
- Las nuevas generaciones enfrentan un vacío de valores que resuena con el nihilismo frankliano.
- La obediencia hipnótica a relatos mediáticos y judiciales reproduce la lógica de la banalidad del mal, donde se actúa sin pensar en las consecuencias.
6. Conclusión: la clínica de la responsabilidad
Si el Holocausto fue el laboratorio más extremo de la irresponsabilidad colectiva y del nihilismo de época, nuestro presente nos reclama sostener un acto clínico-político:
- Defender la responsabilidad individual, aun en la presión del colectivo.
- Reconstruir el sentido común y ético, allí donde el vacío amenaza con instalarse.
- Resistir la tentación de delegar el juicio en un Otro absoluto (el Amo, el Líder, la Máquina).
Como advertían Arendt y Frankl, el destino de la humanidad se juega en la capacidad de cada sujeto de pensar, elegir y responder. Incluso —y sobre todo— cuando el mundo parece perdido.