OPINIÓN
El riesgo de romantizar las dificultades: ¿Es el miedo la mayor discapacidad?
La expresión “El miedo es la mayor discapacidad” requiere un análisis un poco más profundo para poder comprender verdaderamente a qué hace referencia. A primera vista, para la gran mayoría, podría inspirar una reflexión sobre la superación personal y la capacidad de enfrentar desafíos con valentía.
Decir que el miedo es la barrera principal a la que las personas con discapacidad nos enfrentamos es un poco presuntuoso. Por eso es sumamente importante cuestionar estas premisas para poder reconocer que las luchas diarias que tenemos son reales y no deben ser romantizadas.
Es fundamental señalar que la tenacidad individual, aunque muy valiosa por cierto, no es la solución para enfrentar desafíos de accesibilidad. En situaciones de la cotidianeidad, como salir a comer, cuando a las personas con alguna discapacidad visual o ciegas le entregan un menú impreso, no es el miedo el que no le permite saber que puede pedirse unos fideos al pesto: es la falta de accesibilidad.
Por el contrario, las dificultades tienen que ver con la ausencia de recursos que permitan acceder a la información. Frente a eso, es importante reconocer y abordar estas barreras tangibles que limitan la participación plena de las personas con discapacidad. En un mundo rodeado de tecnología podemos encontrar soluciones prácticas y accesibles (sin repetir y sin soplar, nombres opciones accesibles: menús hablados a través de texto de voz, código QR con lectura de pantalla).
En este afán de evitar la romantización de las dificultades, debemos reconocer que los desafíos son sistémicos y van más allá de la voluntad personal. Esas barreras que no permiten la plena participación están arraigadas a la falta de educación y conciencia. El creer que es el miedo el que nos discapacita contribuye a la invisibilización del verdadero problema.
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La falta de accesibilidad no sólo se limita a la ausencia de información en formatos accesibles sino también a la falta de infraestructuras universales, a la discriminación en el ámbito laboral y educativo y a la poca (casi nula) representación en los ámbitos culturales.
Enfrentar estos desafíos nos obliga a repensar la educación. Por eso, digámosle no al miedo y dejemos paso a la realidad para poder trabajar en ella.
PD: ¿Quién necesita saber que hay fideos al pesto cuando lo que hay para comer puede ser una sorpresa constante? ¿No?
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