Los bellos números de la Memoria
Por Miguel Ángel Gargiulo. En menos de una semana, dos noticias de similares características ocuparon gran parte de la atención. Las inconmensurables Abuelas de Plaza de Mayo dieron a conocer en el lapso citado la recuperación de dos nuevos Nietos. Y tal como sucede en la narrativa utilizada para compartir esta información de peso y significación mundial, el anuncio en cada caso se dio en torno al número: 131 para el hijo de Lucía Ángela Nadín y de Aldo Hugo Quevedo desaparecidos en 1977, y el 132 (de quien conocemos su nombre: Juan), hijo de Mercedes del Valle Morales, desaparecida en 1976.
La asignación de números, debiera ser innecesario aclarar, lejos está de reducir o cosificar a los Nietos. Por el contrario, permite de una manera tan eficaz como vertiginosa que la noticia, edificante, llegue a todos los rincones del orbe. Un repaso interesado por las publicaciones realizadas en las redes sociales por estos días instalará a quien lo acometa en el delicioso espacio donde convergen la ternura y la creatividad. Legiones de eternautas despliegan, partiendo desde la estructura sencilla y cotidiana del número, un arte amador y contagioso que basa su fuerza en una alegría que resulta imposible no compartir.
En contexto aún de los festejos colectivos históricos por su volumen, pasión y más que eso: cohesión detonada (es el verbo que se me ocurre más adecuado pues al júbilo en las calles por el triunfo de la Selección Nacional de fútbol de varones fungió como un detonante para que por millones y millones se multiplicaran las manifestaciones de alegría, suspendiendo la disgregante “grieta” fogoneada desde hace años por los grandes medios de comunicación… curiosamente o no tanto, los mismos medios son detractores incansables del seleccionado), dos nuevas recuperaciones ampliaron los horizontes del disfrute aunque sin la explosividad generada por la Scalonetta.
Don Arturo Jauretche sostenía que no podía hacerse nada grande partiendo desde la tristeza. Las jornadas que corren, aunque por sus derivaciones a contrario, han confirmado el apotegma del gran pensador argentino: la alegría no se anda con chiquitas. Los cinco millones de agradecidos argentinos en las calles del país celebrando el fútbol, y los miles y miles de posteos realizados con los números 131 y 132 en todas las redes sociales se emparentan en su grandeza, en el carácter colectivo imbuido de gratitud, en la sensación de estar frente a hechos que reparan. E incluso, en todo lo que tienen de justicia poética: un Messi maduro y humilde posterga con maestría a un Mbappe veinteañero y arrogante; y el Nieto 131 eligió para su formación intelectual la misma carrera que habían abrazado sus padres: Filosofía y Letras.
Habrán otras cuestiones sociales, políticas, económicas que acerquen dolores a este rescoldo de molicie que nos hemos armado en las últimas semanas, no lo dudo ni lo niego. Pero prefiero dejar, solo de momento, entre paréntesis esas miserias. Hemos llegado al 131 y al 132, y seguimos contando porque como dicen las Abuelas, la escondida termina cuando aparecen todos. Y por esa continuidad de la lucha, por los honores y orgullo con los que me acaricia el alma, por la Verdad, la Memoria y la Justicia, alzaré mi copa de sidra este 31 de diciembre.